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La ciudad de la libertad no es para todos

Centenares de animales, presos de los caprichos y del comercio, todavía viven en jaulas minúsculas en la Rambla, antitético símbolo de la ciudad de la libertad.

 

No suelo caminar mucho por la Rambla, la calle más famosa de Barcelona: demasiada gente, poco espacio para moverse y la sensación de estar casi flotando fuera del mundo, me rechazan. Es un microcosmos aparte, hecho para los turistas. Las paredes de esta calle se han llenado de bares, restaurantes, tiendas, discotecas. En el medio el rio de gente se pierde entre los pintores, los mimos, y vendedores de raros objetos sonantes o centelleantes. Atontado por la sobredosis de información, a menudo me pasa que automáticamente las piernas me llevan de vuelta a la ciudad real, desviándome a las callejuelas del Gótico o del Raval. Pero últimamente salgo antes y bruscamente de esta dimensión irreal, herido por una vista horrible: las jaulas. Centenares de jaulas angostas son las desafortunadas casas de muchos animales. Llenan con su maldita tristeza casi toda la calle, casi hasta el puerto, casi hasta el mar, el cielo, el horizonte que estos animales no verán. Hay de todo: conejos, pájaros, tortugas, hasta gallinas. 2, 3 o más animales comparten 1 centímetro cuadrado. Viven todo el día sumergidos en el barullo multilingüe, entre miradas y manos que se acercan, gigantes, a la pobre casa; sol, sombras amenazadoras, manos ajenas, motores asordantes, gritos y caprichos de niños mimados, esta es su vida.

Estos animales son parte del paisaje, pertenecen a la calle de las maravillas tanto cuanto los mimos y los pintores, satisfacen la vista humana como lo hace un reloj pintado a tintas fuertes con arte maestra. Pertenecen al mundo del turista, de quien ha trabajado todo un año y ahora solo quiere satisfacer sus necesidades. La Rambla cautiva con sus luces cegadoras, con la cerveza barata, las drogas anunciadas en inglés, las prostitutas, la comida de todo el mundo y de ningún sitio. Falsos sabores, falsos olores, luces deslumbrantes, mentiroso amor; a eso se han sumado animales que viven una vida falsa. O mejor dicho, probablemente ellos desearían que fuera falsa, solo una pesadilla. En cambio el hierro de las damnadas jaulas es más verdadero que un puñetazo en la cara. Fruto de la insoportable presunción humana de creer que todo lo que vive en este planeta viva a su servicio. En la historia de Europa llegó el tiempo en que el hombre occidental empezó a creer que los ríos, las montañas, las plantas y los animales fueron creados para que el hombre se sirviera de ellos para vivir mejor. Fue entonces, cuando él perdió de vista la necesidad de no destrozar su proprio mundo; fue en aquel tiempo que se olvidó del respeto hacia la naturaleza. Conceptos bien claros en la sabiduría oriental del Taoísmo, por ejemplo, según el cual, el dios está en todo. No solo los hombres son divinos, sino también plantas, animales y piedras. Todas son manifestaciones de la energía divina y por eso merecen respeto. En el conejo que no puede correr, en el ave que no puede volar y también en la gallina que no puede emitir sus estridentes gritos, la energía mágica que permea este mundo se encuentra envilecida, negada, matada. No hace falta haber leído el Tao Te Ching para entender de los ojos asustados y tristes o resignados de estos animales que esta esclavitud es injusta; causada por un odioso antojo humano, que, como todos los otros caprichos, nunca podrá satisfacer los que tan espasmódicamente anhelan a ello.

El mundo, desgraciadamente, entre sus maravillas enseña también muchos horrores. Este no es el único ni, dirá alguien, el peor. Será verdad, pero Barcelona no es un rincón cualquiera del mundo, es la ciudad de la grande civilización, del arte moderno donde anida el sueño rosa de Gaudí, del amor libre, del metro regalado por fin de año, del artístico Hospital de San Pau. Grandes ideas y grandes personas han hecho su historia; la libertad de expresión es tan radicada en Barcelona que casi constituye su símbolo. Aquí, más que en otro sitio, la vista de los animales encerrados deja ciegos, molesta los ojos y despierta preguntas: ¿En una ciudad tan libre, en su avenida principal, la Rambla, por qué los animales no gozan de la misma condición de los seres humanos? Como parte de la Ciutat Vella, este Rio Aqueronte de no-vida es como una mancha morada en una camiseta verde. Se nota. Lástima que la gente no pueda en cambio notar sobre las palmeras las cotorras verdes que han amado como nosotros esta ciudad y la han poblado, de forma natural y casual, con toda la esperanza que la mágica energía divina ha infundido en ellas. Este sí que es un espectáculo digno de admiración.

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